Analistas sobre denuncias de presuntos fraudes: “Quien invoca al diablo, en la esquina se le aparece”
A menos de seis meses de las elecciones generales del próximo 30 de noviembre, los principales partidos políticos de Honduras —Liberal, Nacional y Libre— se han acusado mutuamente de estar orquestando un posible fraude electoral.
La situación ha encendido las alarmas entre analistas y sectores ciudadanos, que observan con preocupación el ambiente de desconfianza que se está generando.
Según expertos consultados, estas denuncias cruzadas por parte del tripartidismo no solo ponen en duda la integridad del proceso electoral, sino que también minan la confianza de la ciudadanía en las instituciones democráticas.
Mala imagen del tripartidismo con denuncias
«Es una grosería, una ofensa para el pueblo hondureño. Cuando los tres principales partidos hablan de fraude, en el fondo están admitiendo que cualquiera de ellos es capaz de cometerlo», expresó el analista político Olban Valladares.
En este sentido, muchos señalan al Consejo Nacional Electoral (CNE) como parte del problema. La falta de transparencia y el control político sobre sus miembros alimentan las sospechas.
«Quien invoca al diablo en la esquina, se le aparece«, advierten los expertos, al señalar los riesgos de fomentar la desconfianza masiva en un sistema ya debilitado por años de crisis política.
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Rol del CNE
«Ya no tenemos consejeros que organicen elecciones; ahora tenemos representantes partidarios peleando entre sí por quién pone más obstáculos al otro», opinó el exasesor Marvin Ponce.
Este fenómeno, aunque no nuevo en la política hondureña, adquiere un matiz más preocupante ante la creciente polarización.
“Lo que debería estar promoviendo el CNE es confianza, no más dudas”, aconsejó el especialista en temas políticos Alex Navas.
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Estrategia política
Algunos analistas lo ven como una estrategia política repetida: generar tensión anticipada para condicionar el resultado electoral, sea cual sea. Sin embargo, coinciden en que esta narrativa resta credibilidad al proceso y aleja a los votantes.
Mientras tanto, los ciudadanos observan cómo el discurso electoral se transforma en una batalla de acusaciones, dejando de lado las propuestas y el debate serio.
La advertencia es clara: si no se garantiza un proceso limpio, la estabilidad democrática podría estar en juego.










