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¡Ay, Machillo, qué sufridas nos hacés pasar!

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En esta eliminatoria hemos pasado del cielo al borde del infierno, como al borde del asiento hemos pasado todos estos meses. Hemos pasado grandes momentos, como la victoria ante Estados Unidos en su cancha y hemos sufrido para ganar en casa partidos en los que todos pronosticábamos goleadas.

Iniciamos con el pie derecho, ganado en Trinidad y Tobago, para luego hacer un partido de ensueño ante Estados Unidos, que  como una suerte de venganza, de justicia poética, ponía las cosas en orden, tras la goleada inmerecida en  la Copa de Oro y esa espinita del juego bajo la nieve en la eliminatoria pasada, que muchos recordarán  hasta el fin de sus días.

De ahí en fuera, los puntos se fueron sumando, pero con más corazón que fútbol. Ese apego a tu estrategia, Machillo, esa lógica tuya de morir con tu estilo, ese libreto para muchos inentendible,  de poner cinco hombres en fondo y jugar eternamente con dos contenciones.

Esa manía tuya, Óscar, de lanzar a único ariete a pelearlas todas en el área, como un Llanero Solitario,  batiéndose con el mundo.

Con tus hombres de confianza, que más de uno criticó. Con tu forma de responder a la prensa, como si supieras algo que el resto desconocíamos.

Por no entender de fútbol, como vos, te pedimos a gritos que pusieras a Campbell y a Ruíz como puntas. Que si no los ibas a usar ahí, que metieras  gente adelante, que metieras más gente.

Pero tu libreto nunca cambia, como no cambia tu semblante, como esa imagen tuya que tenemos todos grabada en la retina, parqueado junto a la raya de la cancha, con los manos metidas entre el pantalón y analizando cada detalle del partido.

En ocasiones, sí, las jugadas se van armando poco a poco con una veintena de pases que enamoran,  que invitan al grito de ¡Ole! Que nos recuerda por qué vale la pena pagar la entrada al estadio.

Pero muchas veces ese hilvanar de juego tocaba a la puerta del gol y nadie abría. Entonces la afición se impacienta. Quiere goles, carajo, quiere alegrías, quiere brincar y celebrar por todo lo alto de la joya de La Sabana.

En eta hexagonal nuestra casa no impactó como hubiéramos querido. De cinco partidos como local, logramos sacar la victoria solo en dos encuentros, Machillo, eso no se hace.

Pero afuera lo hicimos como se debe, con un empate ante Honduras, una pérdida que estaba dentro del presupuesto ante México y la victoria en EE. UU. que supo a gloria. Desde ahí estábamos  con un 99.9% de posibilidades de clasificar.

Festajamos desde entonces y por poco nos sale caro, Ramírez, por poco y tuvimos que ir a jugárnosla a Panamá. Ese 0.1% que nos faltaba se erguía como un muro enorme que toda Costa Rica miraba horrorizada.

Esta tarde, todos con las manos tapándonos la boca mirábamos el reloj y nos oprimía el corazón ver que ya pasaban cinco minutos los 90 reglamentarios. Sufríamos, Machillo, todos de pie, sin importar si estábamos en La Sabana, en nuestras casas, reunidos con los amigos o dónde quiera que estuviéramos, todos viendo cómo poco a se acaba el tiempo.

Fue entonces que se dio el milagro, la hazaña, la meta por fin alcanzada. Por la banda derecha Ruiz con su pase mágico, en el centro del área el gigante Waston que  se elevó por encima de todos los contrincantes para abombar la red y poner a un país completo gritar de alegría.

Como sufrimos, como vivimos esos largos minutos con el pecho oprimido, pero, después de todo: ¡Gracias,Machillo! ¡Ya estamos en Rusia!

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